Woody Allen tenía cinco años cuando empezó a pensar en la muerte. “Mi madre no sabe qué me pasó”, dice el director neoyorquino moviendo la cabeza sentado al borde de una silla en el Hotel Martinez de Cannes. “Fui un niño muy dulce los primeros cinco años de mi vida y de pronto algo me pasó que me volvió negativo. Yo creo que, con la edad, la gente es consciente de la muerte y se da cuenta de que todo va a acabar”.
Ese pesimismo le ha acompañado toda la vida, pero ha preferido reírse de él, en la realidad y en su cine, que para él son un poco lo mismo. Ahora, a sus 80 años, está un poco más feliz en la realidad y lo transmite en su cine, quizá por eso Café Society, su película número 47 como director y que se estrena mañana en España, sea una de las más románticas.
“He tenido una vida mejor desde que conocí a mi mujer”, reconoce. “Eso ha sido bueno para mí y agradable, pero no me ha convertido en un optimista. Porque tienes a tu mujer, tus hijos, y de repente, ya no están: ¿Y si le ocurre algo a ella? ¿Y si les ocurre algo a los niños? La ansiedad se apodera de mí. He vivido dentro de los confines de la fealdad de la existencia humana. Pero he tenido suerte el último par de años, no he sufrido tanto. Tengo 80 y sufrí 60 años de mi vida”, concede y se ríe.
“Siempre digo que lo único que se interpone entre la grandeza y yo, soy yo”
Esos debates existencialistas y ese miedo atroz a la muerte lleva años pasándoselos a los protagonistas de su cine. Y Bobby, el galán improbable de Café Society, interpretado por Jesse Eisenberg, no se libra. “La vida es una comedia escrita por un cómico sádico”, dice el personaje, a pesar de que a él la vida le acaba sonriendo, atrapado en el amor entre dos bellas mujeres, una en California (Kristen Stewart) y otra en Nueva York (Blake Lively), con el mismo nombre de femme fatale, Verónica.

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